17/12/2017 BARCELONA

¿Por qué estratégicamente el bombardeo contra DAESH no es la mejor opción?
Los bombardeos no matan ideologías, las alimenta. [Foto: Alisdare Hickson vía Flickr]

Como ya mencionamos en ¿Qué argumentos morales desaconsejan la intervención militar en Siria? y ¿Por qué las respuestas militares en Siria no son legales? son al menos tres las razones que desaconsejan o desautorizan cualquier respuesta militar que se vaya a producir o se haya producido como reacción a los ataques terroristas del Daesh. He hablado de argumentos éticos, de responsabilidad moral con la población civil; y de argumentos legales, de conveniencia de la situación para la invocación del principio de legítima defensa. En estas líneas trataré algunos motivos de carácter estratégico-militar por los que el tipo de respuesta elegido ante los ataques terroristas de París resulta incorrecto.

Supongamos que acordamos que el bombardeo es éticamente justificable y que se trata de una acción legal: ¿es la mejor respuesta al ataque yihadista? No, ¿por qué? Porque, entre otros motivos, tratar de acabar con una organización terrorista global con una respuesta militar focalizada en unos cuantos puntos, por mucho que estos sean sus centros de adiestramiento, es inútil: es como tratar de cazar, casi literalmente, moscas a cañonazos. Además, la respuesta no puede ser física, sino ideológica; casi como si de desobediencia civil se tratase.

Muchos gritan “¡Hay que acabar con ellos, hay que exterminarlos!” Pero, aunque estuviera de acuerdo con el bombardeo (recuerda que parto de la hipotética premisa de que convenimos que es moralmente aceptable ese quid pro quo) perdería algo de vista consecuencia de actuar con las lentes equivocadas: atacar un punto del planeta cuando hablamos de un fenómeno global es no estar entendiendo el fenómeno al que nos enfrentamos. Es como tratar de matar al vecino destruyendo su casa –con parte de su familia dentro– mientras él –o algunos de sus aliados– siguen fuera. ¡Es un sinsentido! Sí, debilita; pero no, no destruye. Es más, lo más probable es que alimente el odio. Y esto tiene que ver con el segundo punto: la respuesta no puede ser física, sino ideológica.

El hecho de que se trate de un enemigo global, altamente fanatizado y peligrosamente capaz de captar, hace que deba plantearse una respuesta en los mismos términos que su principal arma de captación: en términos ideológicos. Lo primero y fundamental es no perder el apoyo de la comunidad musulmana y las autoridades islámicas. Eso es clave y sabemos que la grandísima mayoría de la comunidad es aliada.

Por tanto, el enemigo no es religioso, sino político. Evitemos que la política fanática contagie la religión. De ser así, el avance sí será imparable. ¿Y cómo se hace esto? Mimando, escuchando, comprendiendo las razones (sí, razones) subyacentes a los actos de terrorismo y examinando en qué se puede ceder, qué reclamaciones son legítimas y cuáles son puro fanatismo. ¿Y por qué? Porque la guerra se ganará cuando se les desarme de razones con las que seguir adoctrinando y captando nuevos militantes para su causa.

Cuando hablo de las posibles razones para odiar a Occidente pienso en la situación de exclusión de estas comunidades en los alrededores de grandes ciudades, en la situación de desventaja histórica del Islam frente al cristianismo y en la demonización y la relegación de ésta a ámbitos oscuros -a diferencia de lo ocurrido con otras religiones como la muy respetable religión judía. Cuando hablo de posibles razones me refiero también a la exclusión social y la desigualdad que afecta a estas comunidades.

En este sentido, esta idea me sugiere un audiovisual potentísimo como es el programa de En Tierra Hostil en Honduras. En él uno de los testimonios decía algo así como que una de las principales razones por las que había caído en la delincuencia, por las que se había radicalizado (éste no hacia el terrorismo, sino hacia el vandalismo y la delincuencia juvenil) era por la ausencia de una figura estatal que los protegiese, por la ausencia de protección. Podríamos llegar a pensar que las motivaciones que subyacen a un proceso de radicalización terrorista pueden tener mucho que ver con eso: con la sensación de abandono, de desacoplamiento y maltrato. No sé, lanzo la hipótesis… ¿factibles?

Graffiti de Daesh [Foto: Thierry Ehrmann vía Flickr]

Es más, cuando hablo de razones lo hago también de que se puede observar una dinámica común a los últimos ataques: el ataque terrorista en Occidente como respuesta a una intervención de éste en Oriente Próximo. Ciertamente no voy a admitir ni excusar los pretextos que los grupos terroristas traen a colación cuando llevan a cabo un atentado como el del pasado 13 de noviembre en París cuando gritaron, según diversos medios como DiarioLibre, que “la culpa es de Hollande (…), no tiene por qué intervenir a Siria”, o que los atentados contra Charlie Hebdo eran “una venganza. Sin embargo, todo apunta a que “meter las narices” de mala manera en la zona, a trompicones y guiados por puros intereses económicos, tiene consecuencias y es positivo denunciarlo.

Por tanto, el debate detrás de si lanzar o no una ofensiva militar sobre un territorio como respuesta a un ataque terrorista tiene más oscuros que claros tanto desde el punto de vista ético, como del legal y el estratégico. Y, sin dudarlo, el de la pura lógica de la eficacia.

Esta es una opinión sin ánimo de lucro


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Fernando Ntutumu

Valencia, España. En el periodo 2010-2014 me gradué en Ciencias Políticas y de la Administración Pública por la Universidad de Valencia, durante cuyo periodo cursé una estancia Erasmus en la Maastricht University (MU), centro especializado en estudios europeos.

En 2014 tuve el placer de disfrutar de un periodo de prácticas como asesor de investigación en el Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) y, en las mismas funciones, para el Comité de Derechos del Niño (CRC) de la ONU.

En 2015 me titulé como Máster en Democracia y Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y actualmente preparo mi ingreso al Doctorado en Derechos Humanos, Democracia y Justicia Internacional impartido por el Institut de Drets Humans (IDH) de la Universitat de Valencia.

Amante de la política; comprometido con los derechos y su innalienabilidad; activista y hacktivista; soñador.


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