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Sudáfrica: Una radiografía del hermano pequeño de los BRICS

Puente de Nelson Mandela, Johannesburgo [Imagen: NJR ZA]

La alargada sombra de Mandela aún perdura, y la Sudáfrica democrática y multirracial convertida en miembro del principal bloque de países emergentes: los BRICS, es en gran parte su legado. Este legado se refleja en una economía diversificada, volcada al exterior y en su papel estratégico en defensa de los derechos humanos. Sin embargo, su alcance empieza a difuminarse debido al estancamiento de su economía desde 2011, a problemas endémicos como el paro y la inseguridad y a una clase política que dirige al país hacia un destino incierto. Solo los próximos años dictaminaran si la nación “Arcoíris” sigue brillando con la misma intensidad.


Imaginemos por un momento un país que cuenta con tres capitales, once lenguas oficiales y seis colores en su bandera. Parece algo quimérico, pero ese país existe y es la actual República de Sudáfrica. Ya ha llovido mucho desde aquel 13 de Febrero de 1990, cuando Nelson Mandela, “Madiba”, se dirigía a las multitudes desde el ayuntamiento de Ciudad del Cabo tan solo dos días después de ser liberado de la prisión en la que permaneció 27 años, muchos de los cuales transcurrieron en un régimen de total aislamiento en Robben Island.

Cartel de la era del Apartheid en Sudáfrica: "Uso para blancos" [Wikipedia]

Cartel de la era del Apartheid en Sudáfrica: “Uso para blancos” [Wikipedia]

Este acontecimiento marcaba un punto de inflexión a partir del cual se irían sucediendo los acontecimientos de forma frenética hasta llegar al año 1994. En ese año, se desarrollaron las primeras elecciones plenamente libres y multirraciales en la historia sudafricana desbancando del poder a la minoría blanca (Partido Nacional) responsable del régimen del Apartheid que cedió el poder al Congreso Nacional Africano (ANC). El consenso y la llegada de la democracia, fueron el resultado de largas negociones, no exentas de tensiones como las provocados por el ala más radical del partido zulú (Inkatha), que desembocaron en una transición modélica, cuyos dos protagonistas, Nelson Mandela y F.W. De Klerk, fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz en 1993.

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Un repaso al tortuoso camino recorrido

Es importante remontarse a este periodo histórico para comprender la Sudáfrica actual considerada junto a China, India, Rusia y Brasil, como parte del llamado bloque de los “BRICS”. La evolución que ha experimentado la nación austral ha estado condicionada en gran medida por las políticas del ANC (Coalición que agrupa a las principales fuerzas de izquierda y que jugó un papel fundamental en el activismo anti-Apartheid), que ha gobernado el país desde entonces secundada por amplias mayorías para las cuales el color de piel sigue siendo un factor de peso.

El talante de sus líderes, desde Mandela hasta el actual presidente Jacob Zuma, ejemplifica perfectamente el giro radical que ha dado la política sudafricana en los últimos años, poniendo en jaque algunos de los dogmas adoptados tras el Apartheid (el presidente se ha visto salpicado por casos de corrupción y clientelismo). Sin embargo, si algo se ha mantenido inalterado es que hablar de Sudáfrica no es hablar de África, y es que para muchos, Sudáfrica sigue representando un oasis de prosperidad en el continente negro.

Mural de Nelson Mandela en Abode of Chaos, France [Wikipedia]

Mural de Nelson Mandela en Abode of Chaos, France [Wikipedia]

Esta realidad paralela se manifiesta en distintos ámbitos. A nivel económico, el régimen del Apartheid (segregación en Afrikáans), instaurado en 1948, buscó desde un primer momento un crecimiento “separado”. En la teoría, esto implicaba la creación de varios países dentro de un mismo territorio. Para la población negra mayoritaria (que incluía a los blacks, y en un estatus superior a los coloured, mestizos y asiáticos), el Régimen creó zonas geográficamente separadas, llamadas Bantustanes, donde estos convivían regulados por sus propias instituciones, centros educativos y administración, pero sin acceso a la educación superior ni a puestos de poder.

Al margen de ellos, la minoría blanca, descendiente en gran medida de los colonos holandeses “Boers” y los británicos llegados a partir del Siglo XIX, gozaba de los privilegios de la ciudad. Luz eléctrica, universidades de prestigio, hospitales de primer nivel, grandes rascacielos o magníficas carreteras eran algunos de los privilegios con los que contaba este sector de población. De acuerdo a los estándares europeos, vivir en Sudáfrica era vivir en el primer Mundo con todas las comodidades que éste ofrecía.

Obviamente este crecimiento, basado en instituciones extractivas, excluía a gran parte de la población del acceso a la riqueza, que en el caso de Sudáfrica se basaba esencialmente en la extracción de materias primas como el oro, del cual el país africano era el primer productor. Sin embargo, esta situación se deterioró notablemente a partir de las sanciones aplicadas a partir de las década de los 80 que sumieron a Sudáfrica en una situación casi autárquica, de la cual no se recuperó hasta finalizar el Apartheid.

Sudáfrica, la potencia africana

Pese a las secuelas raciales, hoy por hoy, Sudáfrica genera el 25% del PIB de África, cuenta con la bolsa de Johannesburgo, principal mercado bursátil del continente y con muchas multinacionales con sede en el país como centro de operaciones en el continente africano. Buena muestra de su influencia en los mercados, es que la devaluación de su divisa, el Rand, ha influido negativamente en los principales mercados inversores.

Del mismo modo, son muchas las empresas sudafricanas con presencia en el exterior, como las gigantes Eskom o De Beers en el sector minero, o el Standard Bank, con presencia en todo el continente. A ello hay que añadirle un sofisticado sistema financiero y una industria, marcada por la minería o el sector energético, que supone alrededor de un 30% del PIB Nacional.

No es casualidad que el gobierno sudafricano, en vistas de la inestabilidad del precio del barril y los problemas de abastecimiento, haya lanzado un ambicioso programa en favor de las energías renovables (en especial la energía termo solar, biomasa y eólica) que ha permitido que Sudáfrica se posicione como un país de referencia en este ámbito otorgando concesiones a empresas líderes en el sector, la mayoría de las cuales son de origen español.

Muchos de estos indicadores dejan entrever el nivel de desarrollo del país respecto a otros estados africanos. El país africano cuenta además con una economía altamente diversificada donde el turismo o el sector agrícola tienen tambiénun peso relevante, reduciendo su dependencia de las materias primas. Por último, la presencia de amplias conexiones tanto por vía marítima (puerto de Durban) como por vía aérea (aeropuerto de Johannesburgo), sitúan a Sudáfrica como un actor protagonista en la globalización.

Diversificación de las exportaciones sudafricanas, 2012 [Wikipedia]

Diversificación de las exportaciones sudafricanas, 2012 [Wikipedia]

El frenazo del sueño sudafricano

Sin embargo, no son pocos los problemas que acechan a la “nación arcoíris” y son varios los analistas que cuestionan su pertenencia al bloque de los BRICS por distintos motivos. El primero y más evidente es su escaso peso demográfico respecto a las grandes potencias del continente. Si ya resulta evidente su escasa población respecto al resto de los BRICS, apenas 50 millones de habitantes, esta diferencia resulta incluso más llamativa respecto a potencias africanas como Nigeria, considerado ya por muchos como primera potencia africana.

Sudáfrica asumió, ya bajo el Apartheid, los patrones demográficos de una nación desarrollada, con una baja natalidad y un envejecimiento creciente de la población. Esto, unido al altísimo riesgo de contraer SIDA, ha reducido notablemente el crecimiento de su población. Frente a ello, Nigeria ha triplicado su población en los últimos 50 años convirtiendo a Lagos, su capital económica, en la principal metrópoli africana con más de 15 millones de habitantes. Esta tendencia no hará más que aumentar en las próximas décadas reduciendo el peso demográfico sudafricano.

Otro de los problemas que se le achaca al país es su escaso peso diplomático. A diferencia del resto de los BRICS, convertidos todos ellos en líderes regionales, Sudáfrica no ha sabido labrarse una imagen sólida de cara al exterior. Convertida en bastión del capitalismo en plena guerra fría, su imagen cambió radicalmente con la llegada de la democracia. En este sentido, Sudáfrica suponía un espejo en el que mirarse en materia de derecho humanos con una constitución de las más vanguardistas que amparaba a todas las razas, religiones e incluso protegía las distintas orientaciones sexuales.

Sin embargo, esta declaración de intenciones no se ha reflejado plenamente en su actuación en el exterior. En particular, destaca su posicionamiento algo ambiguo respecto al vecino Zimbabue y los abusos de su dictador Robert Mugabe o respecto a dictadores como Al Bashir en Sudan. Esta ambivalencia, ha minado en cierto modo la imagen de Sudáfrica de cara al exterior, situando su política entre el idealismo y la Realpolitik.

Un niño maneja una pistola en las calles de Ciudad del Cabo [Foto: Álvaro de Simón]

Un niño maneja una pistola en las calles de Ciudad del Cabo [Foto: Álvaro de Simón]

Por último, su principal problema reside en su incapacidad manifiesta para reducir sus desigualdades internas y su estancamiento frente a las pujantes economías africanas. Si bien Sudáfrica cuenta con uno de los PIB per cápita más altos del continente, las previsiones de crecimiento no son muy halagüeñas. Desde la instauración de la democracia, el gobierno ha buscado establecer políticas de discriminación positiva, mediante el llamado Black Economic Empowerment, para otorgar a la población negra un peso económico más proporcional. Dichas medidas pasaban por establecer un porcentaje mínimo de población negra en los Consejos de Administración de las empresas, garantizar el acceso a la educación y a la sanidad, etc. A día de hoy, si bien existe una creciente burguesía empresarial negra, los puestos de poder siguen en manos de la minoría blanca que se queja de un cierto racismo “a la inversa”.

Por el lado del mercado laboral, el desempleo sigue siendo altísimo especialmente entre los más jóvenes y el gran poder de los sindicatos dificulta cualquier tipo de reforma. Es reseñable indicar además, que pese a no estar en los focos, Sudáfrica es uno de principales receptores de refugiados del mundo, fundamentalmente procedentes de países fronterizos. Esto ha avivado tensiones raciales y la inseguridad debido a la entrada masiva de inmigrantes indocumentados en regiones azotadas por la pobreza. Todo ello ha convertido a Sudáfrica en uno de los países más violentos del Mundo especialmente debido a la violencia en  las Townships, antiguos guetos de la población negra.

En conclusión, resulta evidente que, remitiéndose a estándares económicos, la nación arcoíris ha ocupado una posición de privilegio durante muchos años y hoy encuentra amenazada esa posición por potencias como Nigeria o Egipto. Sin embargo, no todo es la economía, y los factores sociales o culturales hacen que Sudáfrica, referente de democracia multirracial, se tambalee y presente un escenario algo sombrío que se irá despejando en los próximos años. Para ello, serán necesarias reformas estructurales que sitúen al país en el lugar que le corresponde.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro


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