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Este año se celebran los setenta años de la liberación de Auschwitz, el mayor centro de exterminio del nazismo que fue liberado por el ejército soviético el 27 de enero de 1945. Por ello, ya han tenido lugar algunos actos conmemorativos. Auschwitz es uno de los principales símbolos del sufrimiento del Holocausto o la Shoah. En 1947 se fundó el Museo estatal de Auschwitz-Birkenau a instancias del Parlamento polaco y en 1979 la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Según las estimaciones actuales, 1,3 millones de personas estuvieron en Auschwitz y 1,1 millones perdieron allí la vida. La gran mayoría eran judíos, pero también había prisioneros de guerra soviéticos, gitanos, homosexuales, polacos o testigos de Jehová.

Prisioneros después de la liberación. Foto: Museo de Auschwitz

Prisioneros después de la liberación. Foto: Museo de Auschwitz

Antecedentes

Antes de Auschwitz y de otros campos de concentración, el genocidio ya había empezado a perpetrarse por parte de los dirigentes nazis. Como indica Leon Poliakov en su libro Auschwitz. Documentos y testimonios del genocidio nazi, los objetivos de las primeras experiencias genocidas fueron los enfermos y los encerrados en los manicomios alemanes. Según la doctrina hitleriana, estas vidas eran indignas de continuar.

En este sentido, el “programa de eutanasia” fue promulgado por un decreto secreto de Hitler el mismo día de declaración de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939. Este programa, que fue ejecutado bajo la responsabilidad de médicos y enfermeros, perseguía la eliminación de los enfermos incurables y mentales. Los niños discapacitados fueron los primeros asesinados.

Auschwitz, el símbolo del genocidio

Auschwitz se ha definido como el principal núcleo de la exterminación planificada y organizada por el Tercer Reich alemán. Los detenidos a los que no se mataba inmediatamente pasaban a trabajar en fábricas instaladas en las propias dependencias del campo. No obstante, según Carl Amery, la prioridad de Hitler y de sus adeptos más cercanos era el exterminio por encima de la mano de obra y de las necesidades materiales planteadas por la guerra. En este punto, Amery recuerda la última frase que Hitler dirigió al pueblo alemán: “Ante todo encomiendo a los dirigentes de la nación y a su séquito el mantenimiento de las leyes raciales y los conmino a presentar una resistencia inmisericorde a los envenenadores del mundo en todos los pueblos, al judaísmo internacional”.

Algunos autores se han referido a los Lager o campos de exterminio como lugares no solamente de negación de la vida, sino también como espacios de negación de la muerte. Joan-Carles Mèlich, en su libro La lección de Auschwitz afirma que en Auschwitz no había muerte, sino una “fabricación de cadáveres en serie”. Tengamos en cuenta que lo primero que se hacía a los prisioneros era deshumanizarles, ya que se les quitaba el nombre, el cabello, los objetos personales y la ropa. Las personas, vestidas de la misma manera y arrebatadas de sus rasgos distintivos, se convertían en números.

Pertenencias de personas asesinadas. Foto: Museo de Auschwitz.

Pertenencias de personas asesinadas. Foto: Museo de Auschwitz.

Seguramente, uno de los testimonios de Auschwitz más conocidos es Primo Levi. En Si esto es un hombre, el italiano relata su día a día en el campo de concentración y se refiere, con detalle, a la deshumanización a la que se vieron forzadas las víctimas de los Lager. Sin duda, una de las mejores maneras de conocer la vida en Auschwitz es escuchar a sus supervivientes, recuperando la memoria oral y evitando el olvido. A continuación, reproducimos extractos de algunos testimonios de Auschwitz:

 “Dos días más tarde nos hicieron tomar un baño. Nos raparon la cabeza, pero dejándonos algo de pelo. Nos repartieron unos harapos. Nosotros, los niños, lo encontrábamos muy gracioso, porque no conseguíamos distinguirnos unos de otros. Nos decíamos que era Pourim (fiesta judía), un carnaval. También nos hacían mucha gracia nuestras nuevas ropas. (…) Al día siguiente volvimos al campo. Nos pasaron lista durante cuatro horas. Era en invierno. Nos separaron de nuestros padres. (…) El 6 de junio teníamos que ir a las cámaras de gas. Pero pasó un mes. Hubo selecciones. Los hombres y mujeres aptos se marcharon del campo. No quedaron más que los ancianos y los niños. Yo estaba con los niños. En el último instante escogieron entre nosotros unos 70 chicos de doce a dieciséis años de edad. Nos mandaron al campo de los hombres. Los demás, es decir, los viejos, los enfermos y las mujeres con niños se quedaron en el campo. Fueron ejecutados días más tarde.” (“Recuerdos de un niño”, extraído de Poliakov, Leon: Auschwitz. Documentos y testimonios del genocidio nazi).

Niños en Auschwitz. Foto: Museo de Auschwitz

Niños en Auschwitz. Foto: Museo de Auschwitz

Nuestro convoy fue sometido a una selección. Un 60% de nosotros, aproximadamente, fue seleccionado para las cámaras de gas, los otros fuimos llevados al campo. Mi madre y mis cinco hermanos fueron enviados inmediatamente a las cámaras de gas. En el momento de la selección, ignorábamos para qué se hacía esta distribución. Mi padre y yo fuimos llevados al Campo C de Birkenau, entre los “aptos para el trabajo”; allí debíamos, sin razón aparente, acarrear piedras.” (“Un superviviente del Sonderkommando”, extraído de Poliakov, Leon: Auschwitz. Documentos y testimonios del genocidio nazi).

Muertos antes de la liberación. Cuando el ejército soviético entró en el campo encontraron 200 cuerpos de personas asesinadas justo antes de la liberación. Foto: Museo de Auschwitz.

Muertos antes de la liberación. Cuando el ejército soviético entró en el campo encontraron 200 cuerpos de personas asesinadas justo antes de la liberación. Foto: Museo de Auschwitz.

Quince días después del ingreso tengo ya el hambre reglamentaria, un hambre crónica desconocida por los hombres libres, que por la noche nos hace soñar y se instala en todos los miembros de nuestro cuerpo; he aprendido ya a no dejarme robar, y si encuentro una cuchara, una cuerda, un botón del que puedo apropiarme sin peligro de ser castigado me lo meto en el bolsillo y lo considero mío de pleno derecho. Ya me han salido, en el dorso de los pies, las llagas que no se curan. Empujo carretillas, trabajo con la pala, me fatigo con la lluvia, tiemblo ante el viento; ya mi propio cuerpo no es mío: tengo el vientre hinchado y las extremidades rígidas, la cara hinchada por la mañana y hundida por la noche; algunos de nosotros tienen la piel amarilla, otros gris: cuando no nos vemos durante tres o cuatro días nos reconocemos con dificultad.” (Livo, Premi: Si esto es un hombre).

Restos de las cámaras de gas. Foto: Museo de Auschwitz

Restos de las cámaras de gas. Foto: Museo de Auschwitz

Después de que las fuerzas aliadas se hicieran con el control de los campos, los supervivientes siguieron encerrados durante meses en lugares controlados por guardias armados. Incluso muchos judíos continuaron llevando los mismos pijamas de rayas que les habían dado los nazis. A causa de algunas quejas, el presidente norteamericano Harry S. Truman envío a Earl Harrison a inspeccionar la situación de dichos campos. Según el propio Harrison, que escribió a Truman en verano de 1945, los prisioneros seguían viviendo bajo condiciones sistemáticamente precarias. Concretamente, Harrison dijo: “Parece que tratamos a los judíos igual que los trataban los nazis, excepto que no los exterminamos. Están en campos de concentración en números elevados bajo nuestra vigilancia militar en lugar de bajo las tropas de las SS”.

Como vemos, Auschwitz representa el dolor de la Segunda Guerra Mundial y del siglo XX en general. Para el filósofo francés Christian Delacampagne (1949-2007), el siglo XX se llevaría, sin lugar a dudas, el gran premio del horror dentro del palmarés de la historia. En Auschwitz y en los Lager del nazismo encontramos el genocidio planificado racionalmente y a sangre fría. Años más tarde, los crímenes organizados siguen siendo protagonistas en distintos episodios de nuestra historia más reciente, como el genocidio de Ruanda, donde entre abril y junio de 1994 murieron unas 800.000 personas ante la inacción de la comunidad internacional.

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