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El próximo 23 de septiembre, el secretario general de las Naciones Unidas Ban Ki-moon hospeda en Nueva York la Cumbre sobre el Clima: una acción catalizadora. El evento pretende reunir dirigentes de los estados miembros, pero también instituciones financieras, empresas y sociedad civil, con el objetivo de acelerar la adopción de medidas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, promover la resiliencia al cambio climático y, sobre todo, movilizar la voluntad política. Esta cumbre no forma parte de las conferencias de las partes (COP por sus siglas en inglés) que tienen lugar cada año bajo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, sino que pretende promover acción de cara a la que parece ser una de las metas más importantes en la historia de la lucha contra el cambio climático: el supuesto acuerdo al que se debe llegar en París en 2015, que limite a menos de 2 grados centígrados el calentamiento del planeta.

Para conseguir esta reducción de emisiones a nivel global, los países están proponiendo diferentes objetivos a cumplir a corto plazo y así no alcanzar el aumento de temperatura que sería considerado peligroso para la humanidad. Así, por ejemplo, la política marco de la Unión Europea en energía y clima para 2030, que podría ser aprobada este otoño, propone una reducción del 40% en gases de efecto invernadero, incrementar la eficiencia energética en un 30% y subir el porcentaje de energía consumida procedente de energías renovables hasta un mínimo 27%.

La reducción de emisiones no nos viene de nuevo. Con la ratificación del Protocolo de Kyoto, la Unión Europea se comprometió a reducir sus emisiones totales medias durante el periodo 2008-2012 en un 8 % respecto las de 1990. Dentro de la UE, a España se le permitía aumentar sus emisiones hasta un máximo del 15 %. Sin embargo, hubo un incremento general de emisiones por encima de lo estipulado, obligando la compra de créditos de reducción de emisiones a otros países. Entre 2008 y 2012 el gobierno se gastó 800 millones de euros en comprar derechos de emisión, y la Agencia Europea de Medio Ambiente alertó sobre la enorme brecha entre las emisiones reales y la reducción planteada.

Rueda de prensa en COP19, 21 de noviembre 2013. Fuente: GWP Communications via Flickr

Rueda de prensa en COP19, 21 de noviembre 2013. Fuente: GWP Communications via Flickr

Pero, ¿qué sabe la sociedad española sobre el cambio climático? Un estudio reciente[1] demuestra como los medios de comunicación españoles sólo describen las consecuencias del cambio climático para el país, como el aumento de temperaturas, cambios en precipitaciones o subida del nivel del mar, pero dan mucho menos énfasis a la causas y las posibles soluciones al cambio climático, que incrementa la sensación de impotencia de la población. ¿Cómo vamos a promover acción contra algo que no sabemos cómo se genera ni cómo se resuelve? Además, el estallido de la crisis hizo que la opinión sobre aspectos ambientales y climáticos cambiara a nivel global, y estudios en Europa y América del Norte[2] demuestran como la preocupación por la crisis económica resta importancia a la crisis climática.

El 70% de los españoles dice ver la crisis como uno de los retos globales más importantes del 2013. Sin embargo, la idea que preservar el medio ambiente debería ser prioritaria, aun si causa un desarrollo económico más lento o perdida de lugares de trabajo, pierde fuelle, de un apoyo del 80% en 2007 hasta un 63% en 2009.

Es decir, los españoles tenemos poca información que nos permita realmente entender las causas del cambio climático y, además, la situación económica nos lleva a priorizar la economía sobre el medio ambiente. Curiosamente, pero, es en la combinación de ambos factores donde residen las soluciones a la crisis económica y climática que vivimos.

Los más ricos son los que más contaminan

Lo que no sabemos sobre las causas del cambio climático, es que las emisiones de efecto invernadero dependen ampliamente de los ingresos. El 60% de las emisiones globales son generadas por el 20% más rico de la población, y hay estudios de países como Reino Unido, donde se demuestra que el 10% más rico de la población emite tres veces más que el 10% más pobre. Es decir, que la minoría más rica e influyente no sólo es la que contamina más, también es la que toma decisiones sobre la reducción de emisiones y, en el caso de España, la que hace que el gobierno invierta millones en la compra de derechos de emisión.

La mayoría de actividades que llevamos a cabo en nuestra vida diaria comporta una emisión de gases de efecto invernadero, y está en nuestras manos cambiar ciertas prácticas de consumo o transporte por unas menos contaminantes, locales y más sostenibles. Sin embargo, existe una responsabilidad diferenciada entre una persona individual y las empresas, que emiten miles de toneladas. Estamos hablando de empresas energéticas, petroleras, siderúrgicas y cementeras, que representan más del 30% de las toneladas de CO2 emitido a la atmósfera cada año. Empresas como Endesa, Gas Natural, Repsol o Iberdrola son las principales emisoras y las que tienen beneficios increíbles, aun en período de crisis económica, además son bien conocidas por sus ‘puertas giratorias’, incorporando ex cargos públicos en sus consejos de administración. Los grandes emisores son favorecidos por un gobierno que corta las subvenciones a las energías renovablesmientras subvenciona el carbón y la nuclear, o sube los precios del transporte público, a la vez que compra créditos de reducción de emisiones a otros países protegiendo a los contaminadores.

Quien contamina, paga

El hecho que el cambio climático sea un problema global, requiere que la solución sea también global, pero a la vez esto difumina la responsabilidad de las grandes corporaciones. Aplicar una verdadera democracia en la lucha contra el cambio climático significa no sólo sentirse responsable por el efecto de nuestro ritmo de vida sobre el planeta, sino también entender que hace falta una denuncia social y colectiva a los que se enriquecen económicamente mientras destruyen el planeta sin pagar por ello. Si la democracia climática existiera, se sancionaría a quién contaminara y, aún más importante, existiría una verdadera participación ciudadana que definiría cuáles serían las estrategias a seguir para reducir emisiones y adaptarse a los efectos del cambio climático. Si el cambio climático es un problema de todos, es importante poder escuchar las distintas voces y sus propuestas y aprender a debatir e integrar posiciones para que los acuerdos sean más creíbles y aceptados. Por esto es importante que Ban Ki-moon organice la Cumbre sobre el Clima para promover acción, pero aun más importante es que exista más justicia y participación para construir el planeta en el que queremos vivir.

Foto de portada: Global Warming. Fuente: DigaoSPBR via Flickr

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

[1]Lopera, E. & Moreno, C. ‘The uncertainties of climate change in Spanish daily newspapers: content analysis of press coverage from 2000 to 2010’

[2]Scruggs, L. & Benegal, S. ‘Declining public concern about climate change: Can we blame the great recession?’

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