17/10/2019 BARCELONA

El déficit democrático de la Unión Europea: ¿mito o realidad?

Estas elecciones al Parlamento Europeo van a ser fundamentales, aunque siguen lejos de generar la expectación que merecen. Ahora más que nunca, es momento de cuestionarnos en qué consisten exactamente los problemas de salud de la democracia europea.


Nos encontramos ya en plenas elecciones al Parlamento Europeo: ayer se celebraron en los Países Bajos y el Reino Unido, mientras que en la mayoría de países tendrán lugar este domingo. Los medios de comunicación españoles se han hecho eco –en términos más bien vagos– de la importancia de esta convocatoria a las urnas, realizando un seguimiento de la campaña electoral de los principales partidos del estado, pero ¿qué hay de las coaliciones europeas de partidos y de sus candidatos presidenciales? Según determina el Tratado de Lisboa, el Consejo Europeo deberá tener en cuenta los resultados de las elecciones a la hora de proponer al nuevo Presidente de la Comisión, que tendrá que ser aprobado por el Parlamento, con lo que cabe esperar que de entre dichos candidatos salga el sucesor de José Manuel DurãoBarroso. Sin embargo, son una minoría quienes dicen conocer a los presidenciables Jean-Claude Juncker (Partido Popular Europeo), Martin Schulz (Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas), Guy Verhofstadt (Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa), Ska Keller y José Bové (Los Verdes-Alianza Libre Europea) y Alexis Tsipras (Izquierda Unitaria Europea-Izquierda Verde Nórdica).

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Desde el inicio de la crisis económica, se ha puesto más de manifiesto que nunca que la Unión Europea no es un ente distante en cuanto a la trascendencia de sus políticas, pero sí que lo es a nivel de identificación e implicación ciudadana. A menudo, se dice que la Unión Europea posee un déficit democrático: una observación acertada, pero que debe ser matizada. Es innegable que, con el paso de los años, el Parlamento Europeo ha pasado de ser una cámara de carácter meramente consultivo a representar un papel decisivo en la gran mayoría de procesos legislativos. Con estas elecciones, todo indica que será la Comisión Europea –que sigue aferrándose a su monopolio efectivo sobre la iniciativa legislativa– la que adquirirá un mayor grado de legitimidad popular. No obstante, estos esfuerzos son claramente insuficientes, sobre todo porque el clima en el que se vienen produciendo no es en absoluto favorable.

Lo institucional no lo es todo

La Unión Europea adolece, por encima de cualquier otra cosa, de un déficit democrático de carácter social. Parte del problema es que los ciudadanos perciben que la UE no escucha suficientemente su voz, lo cual produce un efecto desmotivador. Desde que se empezaron a celebrar elecciones al Parlamento Europeo en el año 1979, la participación se ha reducido de forma paulatina comicios tras comicios, hasta alcanzar el nivel más bajo en el año 2009 (un pírrico 43%, mientras que la media de participación en las últimas elecciones nacionales que celebraron previamente cada uno de los estados miembros fue del 67%). Resulta aparentemente paradójico que, a medida que el Parlamento ha ido adquiriendo más competencias y que la integración europea se ha ido ampliando y profundizando, la participación haya ido disminuyendo. No se trata de que no se valore la importancia de la Unión Europea; más bien, la explicación radica en que la imagen distante que proyectan sus organismos se traduce en una gran desafección, lo que acaba revirtiendo en una menor legitimidad. Un problema que se retroalimenta.

Cartel electoral de UKIP para las elecciones de mayo 2014.
Cartel electoral de UKIP para las elecciones de mayo 2014.

Dicho fenómeno resulta particularmente desestabilizador para la UE porque, a día de hoy, no existen medios eficaces para contrarrestarlo. Las Comunidades Europeas, durante sus primeras décadas de existencia, fueron capaces de ocultar su escasa legitimidad democrática con su capacidad de cumplir su función principal, que no era otra que garantizar la paz y la seguridad dentro de sus fronteras. Pero desde la década de los 80, el proceso de integración europea se ha ido politizando y la opinión pública ha dejado de ser tan permisiva.

Como es lógico, las prioridades de la ciudadanía han cambiado y ahora se espera que las instituciones europeas tengan en cuenta otras necesidades materiales –como el empleo y el bienestar social– que, por medio de su dominante enfoque neoliberal, se han visto incapaz de satisfacer. Según el Eurobarómetro, la confianza en la Unión Europea se sitúa a día de hoy en el 32%, habiendo alcanzado recientemente su punto más bajo desde que empezó a registrarse en el año 1997. En gran medida, esta frustración se está canalizando a través de partidos euroescépticos, anti-inmigración y ultranacionalistas como el Frente Nacional francés y el Partido por la Independencia del Reino Unido, con líderes cuyo carisma contrasta con la imagen que caracteriza a los tecnócratas de Bruselas y a los que fueron impuestos recientemente en Grecia e Italia.

¿Somos europeos?

Los movimientos euroescépticos operan en terreno fértil. Una de las mayores limitaciones de la democracia europea pasa por el hecho de que la ciudadanía sigue pensando mayoritariamente en términos de nacionalidades y estados, especialmente cuando se trata de definir su identidad y sus lealtades, con lo que por ahora resulta difícil hablar de un demos genuinamente europeo. Según muestran las encuestas, cerca de la mitad de los ciudadanos de la UE no se sienten en absoluto identificados con ella. En este sentido, no ayudó que en 2005 fracasara el proyecto de Constitución Europea tras el voto negativo de Francia y los Países Bajos, cuyos ciudadanos atribuyeron sus reservas en buena parte a la falta de información.

Y es que entre los factores que explican la incapacidad de la UE de conectar con la gente de a pie destaca su inefectiva estrategia comunicativa, caracterizada por una jerga poco accesible, que se combina con el subdesarrollo de medios de comunicación a escala paneuropea. Para trasladar el foco del debate a cuestiones comunes, y no meramente nacionales, es necesaria la creación de un ámbito público transnacional. Resulta revelador que ni siquiera los movimientos de protesta que han surgido a raíz de la crisis que estamos viviendo, y que han puesto a la Unión Europea en su punto de mira, hayan sido capaces de coordinarse de modo efectivo trascendiendo las fronteras de sus respectivos estados.

Hasta que no se constituya una esfera pública europea, las elecciones al Parlamento Europeo seguirán siendo abordadas como elecciones nacionales de segundo orden, en las que los discursos populistas y euroescépticos se mueven como pez en el agua y no encuentran tantos contrapesos. Entre los muchos remedios que se proponen se encuentra el de modificar el sistema electoral, de tal modo que se cree una circunscripción europea. De esta circunscripción saldría cierto número de parlamentarios que se vendrían a añadir a los que surgieran de las circunscripciones estatales, lo que dotaría a los programas comunes de las coaliciones europeas de un mayor protagonismo. Otra posible medida consistiría en establecer un sistema de primarias abiertas para escoger a los candidatos a Presidente de la Comisión, que previsiblemente premiaría a personalidades que transmitieran capacidad de liderazgo, de la que la Unión Europea ha estado huérfana desde los años de Jacques Delors.

Vista del Parlamento Europeo / EFE
Vista del Parlamento Europeo / EFE

Votar o no votar: esa es la cuestión

En especial en el sur de Europa, se suele dar por sentado que la Unión Europea actúa simplemente siguiendo los dictados de los países más fuertes, primordialmente Alemania. Esta interpretación, por más que sea popular y hasta cierto punto no vaya desencaminada, tiende a infravalorar el peso específico de la Comisión Europea y del Parlamento, particularmente en lo que al día a día se refiere. Estas elecciones al Parlamento Europeo van a ser las más decisivas de la historia; no tan solo por la extrema gravedad de la situación económica que se viene dando en el viejo continente, sino también porque nunca antes la voluntad popular había tenido tanta importancia de cara a configurar los equilibrios de poder dentro del entramado institucional de la Unión.

Es evidente que el consabido déficit democrático de la UE no es un mito. Existe falta de información, falta de identificación, falta de participación y falta de liderazgo con espíritu democrático. Sin embargo, los ciudadanos deben ser conscientes de los pasos alentadores que se están dando, por pequeños que sean, así como de las posibles consecuencias de dejarse llevar por la apatía que puedan inspirarles sus representantes en el Parlamento Europeo. Una elevada abstención en estas elecciones presumiblemente favorecería a los partidos euroescépticos, ya que tienen un gran poder de movilización sobre su electorado. En Francia, los Países Bajos y el Reino Unido, algunas encuestas situaban estos días a los euroescépticos a la cabeza en intención de voto. El futuro del proyecto europeo está en juego y es momento de que la ciudadanía coja el timón y decida el rumbo a tomar. Está en manos de todos aprovechar esta oportunidad.

Foto de portada: © European Union 2013 – European Parliament

 Esta es una explicación sin ánimo de lucro

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Óscar Fernández

Barcelona, España, 1990. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universitat Pompeu Fabra y Máster en Estudios Europeos e Internacionales Avanzados por el Centre International de Formation Européenne, con tesis sobre "el déficit democrático de la Unión Europea". Europeísta crítico interesado en la resolución de conflictos, las políticas sociales y de desarrollo y el fomento de la democracia. He tenido la oportunidad de estudiar o trabajar en 6 países distintos además de España: Canadá, Turquía, Francia, Alemania, Suiza y Bosnia-Herzegovina, donde fui becario en Public International Law & Policy Group. Email: [email protected]



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