9 gráficos sobre el progreso en el mundo

9 gráficos sobre el progreso en el mundo

El mundo es tremendamente imperfecto. Una minoría poseemos la mayor parte de la riqueza, mientras cientos de millones sobreviven con un dólar al día. La pobreza es terriblemente cotidiana, y aunque producimos alimentos suficientes, cada año tres millones de niños mueren de hambre. Para muchos la vida es un camino de precariedad y supervivencia, por la única razón de haber nacido en una familia y un lugar equivocado.

Es evidente que el mundo debe ser mejor.

Sin embargo, me inquieta que usemos esa realidad para enmendar la totalidad de las cosas, del sistema, de la sociedad o incluso de la naturaleza humana. Me inquieta también esa tendencia tan popular últimamente que consiste en asumir que para cambiar el mundo hay que idolatrar un pasado lleno de sombras.

Porque lo cierto es que el mundo de ayer no era un paraiso idílico. La vida, si bien no más solitaria, sí era más pobre, desagradable, brutal y breve. El mundo ha mejorado en los últimos siglos. Lo ha hecho asombrosamente en lo material y en casi cualquier otro ámbito de la vida de las personas: la educación se convirtió en universal, aumentó el respeto por las minorías, se extendieron los círculos de inclusión social, la violencia se volvió más infrecuente y disfrutamos una revolución de la salud.

Los gráficos que siguen, sin ser exhaustivos, dan cuenta de ese progreso.

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La primera gráfica resume el progreso de dos siglos. Podemos ver la situación del mundo en 1800, abajo a la izquierda, con países condenados a una vida pobre y breve. Arriba a la derecha se despliega el mundo de hoy: vidas largas y en su mayoría mucho más prósperas.

Si miramos de cerca el siglo XX veremos una historia parecida. La esperanza de vida no ha parado de crecer en los países occidentales, y lo mismo ha ocurrido en todo el mundo, al menos desde los años sesenta.

esperanza

También podemos constatar que la mortalidad infantil no para de reducirse. Entre 1990 y 2012 ésta se redujo a la mitad prácticamente en todas las partes del mundo, incluso en África Subsahariana, la región más desfavorecida. La tendencia a mejorar es clara y robusta. Esta transición saludable, la asombrosa reducción de la mortalidad infantil y la extensión de la vida humana, es quizás el fenómeno más trascendente de los últimos siglos.

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La disponibilidad de alimentos también aumenta desde los años sesenta. En Asía, en África, en América y Oceanía la carestía de alimentos retrocede. Sabemos que los alimentos que hoy se producen son suficientes para todos y que el problema del hambre es uno problema de distribución desigual. Pero nótese que eso no era exactamente así en 1961, por entonces el número de kilo calorías por habitante en Asia y África era inferior a las dos mil recomendadas, lo que condenaba a mucha gente  a la desnutrición severa.

Debemos alegrarnos asimismo de que en Norteamérica y Europa la producción de alimentos se reduce, lo que beneficiará la salud de sus habitantes y el medio ambiente.

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En la primera gráfica ya vimos que la riqueza ha aumentado en casi todos los países del mundo, pero el fenómeno se ve muy claro en los países occidentales para los que tenemos mejores datos (incluido España y su PIB desde 1850). La riqueza por habitante se multiplicó por cinco a lo largo del siglo XX, especialmente a partir del final de la dos grandes guerras. La crisis actual es claramente visible en el gráfico, pero toma un cariz distinto con esa perspectiva que dan cien años de historia.

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Hemos visto que la riqueza se multiplicó en los últimos cien años, pero es importante añadir que eso se consiguió con unos niveles de desigualdad que en general tendieron a reducirse durante la mayor parte de ese periodo. Esa dinámica ha cambiado en los últimos veinte años en muchos países —como EEUU, Suecia, o más recientemente España—, un motivo de preocupación sobre el que hemos hablado en repetidas ocasiones.

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También es interesante observar que ese progreso en lo material, o en lo económico si se quiere, ha venido acompañado de una reducción del trabajo. Desde 1800 el número de horas trabajadas por habitante se ha reducido en un treinta por cien. Sorprende pensar que el número de horas trabajadas hoy en Reino Unido, EEUU o España está alrededor de las dos horas diarias. Sorprende hasta que uno piensa que en un país con 47 millones de habitantes sólo trabajan 17 millones y sólo 22 son considerados población activa. Viven muchos niños y muchos jubilados entre nosotros… que ya no trabajan.

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Recuérdese, además, que el crecimiento exponencial de la riqueza que acabamos de ver es un fenómeno relativamente reciente. Durante siglos las sociedades humanas fueron cautivas de unaTrampa Maltusianade la que escapamos hace apenas dos siglos.

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Por último, y como ya vimos al inicio, cabe subrayar que son seguramente muy pocos las personas que no participan de este aumento de la prosperidad material. Si bien el crecimiento es desigual, los datos indican que al menos desde 1980 las tasas de pobreza tienden a reducirse en todos los continentes. En algunos la mejoría fue asombrosa, como en Asia, donde las tasas de pobreza extrema se han reducido desde abarcar al 75% de sus habitantes hasta el 13% en apenas tres décadas.

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Este último gráfico es un resumen elocuente. En el vemos claramente el progreso del mundo, que mejora sin paliativos desde los ochenta: la proporción de personas bajo el umbral de la pobreza se redujo a la mitad. Sin embargo, al mismo tiempo el gráfico refleja dos hechos tristes. El primero, que la pobreza sigue siendo terriblemente generalizada, pese a los avances, todavía uno de cada cinco personas sobre la tierra vive por debajo del umbral de la pobreza severa. El segundo, que las desigualdades son enormes, especialmente en lo geográfico, y mientras que en Europa la pobreza extrema es casi inexistente, en África subsahariana la sufren casi la mitad de sus habitantes.

En definitiva, este último gráfico ilustra la paradoja a la que me referí al principio. El mundo sigue siendo un lugar desigual donde abunda la miseria más terrible, pero al mismo tiempo progresa en un sentido amplio.

Caveat

Sé que mucha gente niega el progreso con buenas intenciones. Algunos lo hacen porque miran el mundo y sus injusticias, e incapaces de imaginarlo peor, idealizan un pasado difuso y poco claro. Otros lo hacen como estrategia, porque temen que si aceptamos el progreso caeremos en la inacción y el conformismo. Es una inquietud razonable, pero también algo falaz, porque no hay nada incongruente en opinar que el mundo ha progresado y que a la vez queda todo por hacer.

Negar el progreso tiene además otros peligros. Sirve para que algunos hagan apología del conformismo, del no cambiar las cosas, bajo el mensaje de que las injusticias del mundo son algo natural, algo inmutable, contra lo que nada puede hacerse. Ese nihilismo transideológico es además injusto con mucha gente. Porque si el mundo mejora no lo hace por efecto de una mano invisible, sino gracias a la reflexión, el trabajo y el sacrificio de muchas personas. Negar el progreso es también cometer una injusticia con toda esa gente, con los inconformistas, los trabajadores tozudos, los ilusos y los valientes que hicieron su parte.

Foto de portada: los Objetivos de Desarrollo del Milenio, fuente: http://www.un.org/millenniumgoals/

Artículo original de Kiko Llaneras reproducido del blog Politikon.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro

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