10/12/2019 BARCELONA

Responsabilidad Social Corporativa: un análisis tras la tragedia de Bangladesh

"Somos una fábrica. Cada centavo cuenta. No somos una ONG". Éstas fueron las palabras de David Mayor cuatro años antes de que, el pasado 24 de abril de 2013, se hundiera en Dacca, Bangladesh, el edificio que albergaba numerosas fábricas textiles.


“Somos una fábrica. Cada centavo cuenta. No somos una ONG”. Éstas fueron las palabras de David Mayor cuatro años antes de que, el pasado 24 de abril de 2013, se hundiera en Dacca, Bangladesh, el edificio que albergaba numerosas fábricas textiles, entre ellas Mango, Benetton, Primark o Phantom Tac, dirigida por D. Mayor.

Aquel día las noticias informaban de 307 muertos y 1.200 heridos y, semanas después, muchas empresas internacionales se apresuraron a firmar un pacto supervisado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que les obligaba a realizar inspecciones periódicas y dar voz a la plantilla.

“Somos una fábrica. Cada centavo cuenta. No somos una ONG”.

Pero no era un hecho aislado. En mayo de 1993, un incendio en una fábrica de juguetes provocó la muerte de 188 personas e hirió gravemente a otras 469, mayoritariamente mujeres encerradas para “impedir que robaran los juguetes”. En 2005 se desplomaba otra fábrica textil en Bangladesh, suministradora de empresas como Inditex o Carrefour, entre otras.

El mayor auge del interés por la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) lo marcaron, además de los escándalos financieros de finales de los años 90, la publicación de las condiciones en las que trabajaban principalmente mujeres, niñas y niños para fabricar muchas de las marcas más utilizadas en los países de mayor capacidad económica, entre ellos España. Aumentaron las voces que pedían a las empresas sumarse a la RSC y cada vez eran más las empresas que valoraban el beneficio económico que les podría aportar.

Comenzaron, así, a formarse asociaciones nacionales e internacionales de las que surgían acuerdos firmados por las empresas y en los que declaraban su voluntad de aplicar la RSC a sus respectivas empresas, destacando entre dichos acuerdos el Pacto Mundial firmado en el año 2000.

Pero, ¿qué es la Responsabilidad Social Corporativa?

En el año 2002 el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible definía la RSC como “el compromiso continuo por parte de las empresas a comportarse de forma ética y contribuir al desarrollo económico sostenible, al tiempo que se mejora la calidad de vida de los trabajadores y sus familias así como de la comunidad local y la sociedad en general.”

Un año antes, en 2001, el Libro Verde Fomentar un marco Europeo para la Responsabilidad social de las empresas la definía a nivel Europeo como “la integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con sus interlocutores”.

En la práctica, la RSC se tradujo en que las empresas comenzaron a invertir una pequeña parte de sus beneficios en cuestiones muy concretas como la protección del medioambiente o la reducción de la pobreza en un determinado grupo social.

Imagen: Ricoh

Coca Cola, por ejemplo, ante las crecientes demandas sociales y reconociendo el gran valor que ello aportaría a su imagen corporativa, apostó fuerte por la RSC. En 2011 se le otorgó el Reconocimiento a las Mejores Prácticas de Responsabilidad Social Empresarial, por “realizar acciones de reforestación en predios que requieren ser restaurados, ubicados en las cuencas hidrológicas forestales de importancia nacional.” (México)

Pero al mismo tiempo se observa cómo esta empresa, que generalmente usa 2,7 litros de agua por cada litro de producto, “en la India usa 4 litros de agua, con lo cual, tres litros de agua es contaminada y devuelta sin ninguna depuración siendo descargada en los campos vecinos, contaminado así los suelos y las aguas subterráneas.” De hecho, los productos de Coca Cola fabricados en dicho país nunca pueden ser vendidos en los mercados de la Unión Europea o de los Estados Unidos por considerar que no son seguros sanitariamente.

En 2013 Coca Cola invertía más de 6 millones de dólares para abastecimiento de agua, de nuevo en México, “donde explotan de forma muy irracional el acuífero más rico existente en la zona de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas”, mientras los “análisis de aguas utilizadas para sus procesos industriales (revelan) que éstas contienen más del doble del plomo permitido por las autoridades.

Es posible que, dada la actual crisis financiera que asola a todos los países hasta entonces más desarrollados económicamente, se haya perdido interés en la RSC. De hecho, son muchas las empresas que critican esta práctica argumentando que, como se puede observar, la RSC no es capaz de evitar ni de disminuir una crisis como la actual ni sus efectos.

Pero como señalaba Xavier Carbonell, director de RSC de Mango, el colectivo de consumidores cada vez demanda más información y responde, cada vez más, ante las campañas e iniciativas que sensibilizan sobre determinados aspectos como los medioambientales y las buenas prácticas empresariales.

Entonces, ¿cómo se pueden corregir estos desajustes?

John Ruggie, Representante Especial del Secretario General sobre la cuestión de los derechos humanos y las empresas transnacionales y otras empresas comerciales, estuvo investigando y redactando informes para el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas desde el año 2005 hasta el año 2010, culminando su proceso con la publicación, en 2011, de los Principios Rectores sobre las empresas y los derechos humanos: puesta en práctica del marco de las Naciones Unidas para “proteger, respetar y remediar”.

Las propuestas de Ruggie se centran en dar un paso más hacia adelante y pensar en términos de “valores compartidos”, debiendo servir los derechos humanos como marco para integrar la RSC.

Imagen: Oxfam

Volviendo al ejemplo de Coca Cola, por ser éste de los más ilustrativos, de lo que se trataría no es tanto de que, tras causar un daño al medioambiente se busque “repararlo”, al menos en parte, invirtiendo en un proyecto facilitando, por ejemplo, un nuevo abastecimiento de agua o recogiendo botellas de plástico previamente producidas por la propia empresa.

La cuestión radicaría en respetar los derechos humanos entendidos de forma global y con un enfoque integral, es decir, a lo largo de toda la cadena de valor.

Si se controla el uso de agua desde el inicio, no habrá que invertir después en buscar nuevos abastecimientos. Si el agua utilizada por empresas químicas y/o textiles se depura antes de devolverlo a la tierra, no habrá que invertir después en proyectos de salud para curar las enfermedades causadas por el agua contaminada.

La idea es colaborar desde el principio con las poblaciones en las que se va a instalar la fábrica/empresa, lo que ayudaría identificar muchos riesgos antes de que ocurran, así como a planificar con tiempo cómo evitar incurrir en una violación de los derechos humanos, desde el derecho a la integridad física, acceso al agua potable o la educación hasta los derechos a una alimentación adecuada o a vivir en un medioambiente sano y adecuado, etc.

Así mismo, es importante cumplir los derechos de la plantilla de trabajadores y trabajadoras, de modo que se puedan evitar situaciones de niños y niñas trabajando duramente y durante más de 12 horas diarias, de mujeres encerradas en las fábricas para garantizar su máximo rendimiento o sucesos como el de Bangladesh, donde se había advertido de forma repetida a los empresarios de las importantes grietas, en lugar de enfrentarse después a compensaciones económicas y/o a importantes de penas privativas de libertad.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro

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Frances Galache

Actualmente se encuentra en una pequeña localidad costera de la provincia de Castellón. Su profesión e interés personal la han llevado de la abogacía a ocuparse en proyectos de protección de la equidad de género y de cooperación internacional al desarrollo. Desde el punto de vista académico es doctora en derecho, experta en cooperación internacional al desarrollo, género y derecho internacional humanitario. Apasionada por la lectura, la investigación, los viajes y la práctica deportiva, descubrió que su hogar es la tierra y su motor preferido la bicicleta.



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