Artistas comprometidos con su tiempo

Artistas comprometidos con su tiempo

Cuentan los libros de Historia que en la ruptura entre Juan R. Jiménez y los poetas de la generación del 27 el activismo jugó un papel clave. Mientras que el creador del burro más entrañable de la Literatura apostaba por la belleza como valor supremo,  sus discípulos abrazaban la poesía social, más cercana a los acontecimientos históricos de la España de los años 30. Casi un siglo después seguimos  a vueltas con el mismo debate: ¿debe un artista ser además un activista?. Para la escritora Belén Gopegui  “cuando la literatura predispone a una acción que transforme la injusticia, hace activismo”. En la misma línea, el periodista Ignacio Escolar afirmó durante el encuentro “Literatura y activismo” celebrado durante la Feria del Libro de Madrid que  “escritores y periodistas deberían mojarse, más aún en estas circunstancias excepcionales, lo más parecido a una guerra que va a vivir nuestra generación”.

Esta no es exactamente la definición de “artivismo“, esa mezcla de arte y activismo surgida en los inicios de los movimientos antiglobalización y muy involucrado con el arte callejero o urbano como el que hace Banksy o el cada vez más frecuente hacktivismo, pero se agradece una muestra mayor de compromiso y responsabilidad ante el momento que nos ha tocado vivir. Hablemos pues de tres creadores cuya obra y compromiso con el mundo en el que viven caminan de la mano.

Fotografía y medio ambiente. Quizás muchos no lo sepan, pero Daniel Beltrá es uno de los fotógrafos ambientales españoles más prestigiosos del mundo. En las estanterías de su casa de Seattle reposan numerosos premios, tales como el Prince’s Rainforest Project, el Wildlife Photographer of the Year, el Global Vision Award, así como el prestigioso World Press Photo, que ha ganado en dos ocasiones.  Este colaborador habitual de Greenpeace lleva años denunciado con su obra las agresiones del hombre contra la naturaleza. De hecho, pasó dos meses en el golfo de México por encargo de esta ONG para fotografiar el vertido provocado por el hundimiento de la plataforma Deepwater Horizon de BP. Cinco millones de barriles de crudo llegaron al mar en  la mayor catástrofe ecológica de la historia reciente, solo superada por la sucedida durante la guerra del Golfo, en 1991. Beltrá tuvo que esquivar la censura mediática impuesta a periodistas y científicos, a los que les fue denegado el acceso a muchas zonas públicas para impedir que documentaran la enorme magnitud del vertido. Sus instantáneas han aparecido en The New Yorker, Time, Newsweek, Stern, Geo, National Geographic Society, Financial Times, The New York Times, Le Monde, El País o The Asahi Shimbun, entre otras publicaciones.

Literatura y energía nuclear. En cambio  Kenzaburo Oé y Haruki Murakami  son lo que podríamos definir como unas “celebrities” del mundo de la cultura. El primero, premio Nobel de Literatura, viajó en 1963 a Hiroshima para explorar el sufrimiento de las víctimas de la bomba atómica. Quedó tan impresionado con su coraje y ganas de vivir que desde ese día mira a la Humanidad con “los ojos de Hiroshima”. Fruto de esa visita nació su libro “Notas sobre Hiroshima” y su activismo antinuclear que le llevó a liderar una manifestación multitudinaria en Japón “por un mundo sin los riesgos de la energía atómica” tras la catástrofe de Fukushima. Casi 50.000 personas asistieron, teniendo en cuenta que la japonesa es una sociedad poco proclive a protestas públicas. El segundo, considerado por The New York Times el escritor más “cool” de la última década, lanzó desde Barcelona su alegato antinuclear, lamentando que precisamente el país que sufrió dos bombas atómicas viviera ahora una catástrofe nuclear. “Los japoneses deberíamos haber renegado de la energía nuclear y no deberíamos habernos dejado guiar por el criterio fácil de la eficiencia”, declaraba el autor de Tokio Blues.

Arte visual y movimientos sociales. Sharon Hayes es una de las artistas con mayor proyección internacional del momento. A través de sus performances, acciones, vídeos o instalaciones reflexiona sobre la relación entre política, historia y lenguaje analizando los diferentes movimientos de protesta del siglo XX.  Y ha llegado a conclusiones tan chocantes como la “excesiva simplicidad” de la idea popular de que “el amor= no guerra“.

Esta neoyorkina, una artivista en toda regla,  ha explorado dos elementos básicos de cualquier protesta que se precie: pancartas y discursos –aquel al que oponerse y el nuevo que se propone- . “Trato de entender cómo pensamos, cómo nos formamos como oradores y cómo nos formamos como oyentes. Pensamos en la conexión entre habla y escucha como una de las cosas más pasivas que hacemos, pero es uno de los actos a los que más tiempo dedicamos”.  De esta manera Hayes examina nuestro presente político, no como algo aislado, sino como algo en constante movimiento. También le sirve para estudiar el papel que juegan los grupos y los individuos en la formación de la opinión pública así como qué tipo de retórica se usa en los discursos públicos y como se trasmiten a los ciudadanos. Además, estamos de suerte, porque el Museo Reina Sofía acoge su exposición “Habla” hasta el próximo  24 de Septiembre.

Esta es una explicación sin ánimo de lucro.


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  • Mariana Camacho.

    ¿debe ser un artista , además un activista? no.

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