“Soy una mujer… nómbrame”

“Soy una mujer… nómbrame”

“Soy una mujer… nómbrame”. La periodista Julia Otero retuiteaba este mensaje de otra internauta tres días antes de la celebración del 8 de marzo.¿El motivo?. La publicación de un polémico artículo del catedrático de Filología Hispánica de la UCM y sillón de la RAE Ignacio Bosque, respaldado por otros 26 académicos, –curiosamente desde la fundación de esta insigne institución allá por el año 1713 solo siete mujeres, frente a más de mil hombres, han ocupado alguno de sus asientos- evaluando nueve guías de lenguaje no sexista. El dictamen fue tajante: si bien existen usos verbales sexistas, las recomendaciones de dichas guías difunden usos ajenos a las prácticas de los hablantes. Traducido: si el españolito de a pie siguiera las normas expuestas en dichas documentos… no podría mantener una conversación normal.

A favor y en contra

Los argumentos a favor– de Milagros del Corral, antigua Directora de la Biblioteca Nacional  no acertaba a ver qué ganaban las mujeres con unas recomendaciones contrarias al uso de un idioma gramaticalmente sexista como es español-  y en contra –de la catedrática de Sociología de la UCM Inés Alberdi, preguntándose porqué la RAE no ha pedido participar en la elaboración de esas guías desde su puesto como experta y garante del español- están servidos.

El feminismo –o mejor dicho, los feminismos- es “una ideología y un conjunto de movimientos políticos, culturales y económicos que tienen como objetivo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”. La igualdad plena, al igual que la desigualdad, se alcanza en todos los planos, incluyendo el lingüístico. El lenguaje, como  sucede con la jurisprudencia en algunos países, se consolida con el uso y la costumbre. El español, por el uso que hace de concordancia entre género y número, resulta sexista para los movimientos feministas. Las palabras –adjetivos, sustantivos, adverbios, verbos y demás- se usan para categorizar, encasillar y determinar el mundo que nos rodea.

La importancia de la corrección política en el lenguaje

Por lo tanto, no es de extrañar que una mayor “corrección política” en el lenguaje común y en el que no lo es, sea “oscuro” objeto de deseo no solo de feministas, sino de las defensoras y defensores de colectivos desfavorecidos como gitanas y gitanos, drogodependientes, discapacitadas y discapacitados –físicos y mentales- e inmigrantes. Administraciones y entidades han hecho un esfuerzo titánico para desarrollar guías de estilo para que, medios y ciudadanos de a pie, utilicen expresiones menos lesivas y estigmatizadoras que contribuyan a una mejor adaptación a la sociedad de muchas y muchos de estas ciudadanas y ciudadanos. Un ejemplo: el archiconocido término de “ilegales” –un adjetivo convertido en sustantivo- que las entidades que trabajan con inmigrantes proponen convertir en un “personas en situación irregular”. Parece bastante lógico ya que el adjetivo “ilegal” no se puede aplicar al sustantivo “persona”. Porque .. ¿puede una persona ser ilegal?. Desde luego el lenguaje importa y mucho.

Todavía en el ámbito del género y de los movimientos LGBT se están debatiendo muchas cosas y muy complejas todas ellas, como la teoría Queer, que afirma que “la orientación sexual y la identidad sexual o de género de las personas son el resultado de una construcción social por lo que no existen papeles sexuales esenciales o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales”. Si un homosexual hace no tantos años era un “invertido” –inverso, alterado, opuesto, trastornado, contrario, directo, inalterable- hace años que los gays anglosajones decidieron reivindicarse con la palabra más peyorativa que encontraron en inglés: queer – “maricón” como sustantivo y aunque el contrapeso positivo es su uso como adjetivo “extraño, misterioso, original”.

Eufemismos a gogo

No se puede hablar de una norma que homogenice universalmente el lenguaje para hacerlo menos sexista y que visibilice a la mujer. Mientras los movimientos feministas japoneses y anglosajones proponen que solo haya una palabra para definir una profesión en lugar de dos, en el mundo hispanohablante la reivindicación es que se usen ambas. Mientras para la RAE las guías de lenguaje no sexista solo se remiten o pueden aplicarse al ámbito administrativo no olvidemos que vivimos rodeados de eufemismos que forman parte del discurso público que poco a poco se está trasladando a tascas y bares. Si, como explica Amanda Mars en su artículo “No digan recortes, llámnelo amor”, nos tragamos que en Cataluña no existe el copago sanitario sino un “ticket moderador sanitario”, ni que llevamos casi cinco años viviendo una crisis sino una “desaceleración” o que nuestros salarios no van a bajar sino que van a experimentar una “devaluación competitiva”,  ¿por qué no se puede hacer ese esfuerzo común de modificación de aspectos del idioma en pro de la igualdad?.

Resulta bastante obvio que si J.K. Rowling hubiera escrito sus diez novelas hablando de las magas y los magos y de las profesoras y los profesores de Howarts seguramente no hubiera tenido el éxito que ha tenido. Pero la clave radica en la colaboración entre aquéllas y aquéllos que cuidan de que los idiomas se mantengan sanos pero se adapten a las necesidades sociales y aquéllas y aquéllos  que trabajan para erradicar la desigualdad entre mujeres y hombres. Trabajemos todos por un mundo más igualitario… en la medida de lo posible.

Ésta es una explicación sin ánimo de lucro


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